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LA FÁBULA SIN MORALEJA
La niña ha salido a jugar con sus amigos, en el pueblo de al lado, apenas un par de kilómetros. La tarde es soleada y con brisa. Es lo que podría decirse "un día de verano perfecto".
Camina junto al río en el primer tramo. ¡Que cantidad de sonidos y colores! Ve una mariquita amarilla, nunca había visto una mariquita amarilla. La recoge y la guarda en su mano hueca, pensando en enseñarle a sus amigos lo que le parece un maravilloso desmán de la naturaleza. Poco más adelante una preciosa flor, casi perfecta, de pétalos alargados y rosas, largos como no los había visto nunca. La arranca con cuidado; no podría estar más contenta.
Tropieza y se cae. Al tener las manos ocupadas, se hace una pequeña herida en la rodilla. Necesita limpiarla, por lo que deja escapar la mariquita y la limpia con su mano libre y con un poco de agua del río. Piensa que mejor seguir por el camino para evitar otros traspiés.
Al poco, en la orilla del camino, ve otra flor. Igual de bonita, pero de pétalos amarillos y más perfectamente formada, de una redondez que asusta. Decide dejar la primera ya que esta le resulta más exótica y desluce un poco la anterior. Esta sí que impresionará a sus amigos. Al agacharse a recogerla, un escarabajo al que todos los colores del mundo le rebotan en la espalada; nunca ha visto nada igual ¡y mira que ha visto insectos de todos los tipos! Grande, perfecto, parece el escarabajo en el que se inspiran los dibujos de escarabajos, y ¡que amalgama de colores! Aunque siente unas ganas terribles de enseñárselo a sus amigos, recuerda su caída anterior y decide no ocupar ambas manos.
Al rato de seguir andando por el camino, tropieza de nuevo y se hace otra herida, esta vez en la otra rodilla. Se acuerda del escarabajo; era perfecto, precioso. Piensa que ha sido boba y que debería haberlo cogido. Sabe que si vuelve ya no estará allí. Se enfada un momento consigo misma pero se le pasa.
Decide que ya vale, que quiere llegar cuanto antes. Inicia un atajo campo a través, en dirección recta hacia el pueblo. En seguida ve una preciosa piedra, vetada a tres colores y con una perfectamente asombrosa forma de corazón. La recoge, la mira intentado buscarle algún defecto, pero no, parece tallada a propósito, es simplemente perfecta ¡Esto sí que ha de enseñárselo a sus amigos! Aunque pesada, calcula que puede llevarla en la mochila.
Su atajo llega a un terreno escarpado. Sabe que al fondo está el pueblo y ya tiene ganas de llegar. Escala con el mejor de sus equilibrios, flor en mano, piedra en mochila, y al alzar la cabeza por encima del plano, una gigante amapola se cierne sobre su cabeza. Es el campo de amapolas que se ve desde el camino, antes de entrar al pueblo. La sombra de esta y las demás amapolas le asusta primero, le conmueve de belleza después. Olvida por un momento donde está y su pie de apoyo resbala.
Es extraño, no le duelen las rodillas, cualquiera se habría asustado al verla, pero a ella no le resulta para tanto. La flor de su mano, eso sí, se ha chafado durante la caída, ya no es la flor bonita y perfecta que querría enseñar a sus amigos. La deja caer al suelo. Podría intentarlo de nuevo, arriba hay un sinfín de preciosas amapolas, y seguro lo conseguiría con las dos manos libres. Pero esas amapolas, erguidas, rojo intenso, perfectas; no son la flor que encontró en el camino. Al menos la piedra en su mochila, esa sí que dejará a sus amigos con la boca abierta.
Un poco harta de tanta caída, decide bordear el terreno escarpado hasta dar de nuevo con el camino. Camina los últimos metros al pueblo mirando el campo de amapolas. Lo mira con curiosidad: "¿será su tacto como de terciopelo?" Pero el muro le impide saberlo.
Al llegar al pueblo ve a lo lejos a sus amigos y se apresura a alcanzar su mochila para enseñarles su preciosa piedra. Entusiasmada se la muestra, mientras ellos no caben en su asombro: heridas en sendas rodillas, una de ellas aún un poco abierta, el vestido manchado de tierra. Ella insiste en la preciosa forma de corazón, en su bonito veteado. Ellos no alcanzan a entender su entusiasmo, y mientras la ponen a buen recaudo -parece importante para ella- se apresuran a desinfectar sus rodillas y sacudir su vestido. Ella quiere decirles que no se preocupen, que el camino mereció mucho la pena: vio una mariquita amarilla, y una flor larga de pétalos rosas, y otra amarilla de redondez casi perfecta y ni tan siquiera llega a mencionar el escarabajo porque... porque se siente absurda: ¿cómo tan siquiera empezar a explicar los colores reflejados en su espalda?
Le curan las heridas, le limpian el vestido, para su tranquilidad le hacen saber donde han guardado la piedra y se van a jugar todos juntos. Ríen, corren y cantan a pleno pulmón. Acaba siendo lo que podría decirse "un día de verano perfecto".
Al final del día, en su cabeza, una sola pregunta: "¿tendrán las amapolas tacto de terciopelo?"
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