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Dibujé 200 futuros con mi dedo en su espalda. Como me di cuenta que nunca ocurrirían, busque un hueco disimulado para poder estar lo más cerca posible de ella y, al menos, congelar ese segundo para la eternidad.
Por no ser muy atrevido, pegué mi cara en una doblez de su brazo. Pasó un segundo, luego 5, luego 10; y creí haberlo conseguido. Pero entonces pronunció, despreocupada, la mentira más bien intencionada y dulce que jamás se dijo: "yo también podría quedarme aquí para siempre".
El hechizo se rompió, volví de golpe al mundo y tuve que ejercer de nuevo el bien dominado arte de llorar a escondidas.
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