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Y follamos. Vaya que si follamos. Había algo perverso en cómo de bien lo hacíamos. Lo mismo que hubo algo perverso cuando me dijiste quiero más y yo me hice el loco; para mí estaba todo inocentemente bien donde estaba.
También hubo algo perverso cuando te dije que me tenía que alejar. Los dos lo vestimos de normalidad. Por diferentes motivos, supongo. Pero no había otra. Era como que los dos lo esperábamos.
Yo no sé si tu esperabas que estuviese equivocado. Yo desde luego no. Y hubo algo muy, muy perverso, en cómo de pronto me di cuenta de que lo estaba. Cómo el último giro del acróbata del circo que pasaba ese día por el pueblo, hizo que me pasase más de una noche pensando en ti y en lo tonto que había sido.
Es como si ciertas lecciones, sabidas obvias por unos, llegasen por caminos angostos a otros. Al final parece, falazmente quizás, que lo que nos perdemos es más que lo que vivimos. Y nadie sabrá nunca jamás la respuesta.
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