Estábamos en tu
habitación, en tu cama. Mi brazo por debajo de tu nuca y mi mano apoyada en tu
pecho desnudo. Mi mirada hacia el techo, volaba a veces a la postal de
Barcelona de noche y a tu dibujo de un vestido rojo.
Nuestras piernas
estaban entrelazadas. A ratos nuestros pies se frotaban porque yo los frotaba. No
me acordaba de que no me querías y era del todo intencionado.
Hablábamos de
nuestras vidas y de mil otras que quizás no vivamos nunca. Cuando te sacaba una
carcajada te miraba a los ojos como quien recoge un premio. Mi boca, por lo
demás, a la altura de tu frente, te besaba a escondidas.
Te abarqué con el
brazo con el que hasta ahora gesticulaba y durante un rato nos quedamos en silencio.
Fue entonces cuando tú, entre mis brazos, sin darte cuenta, en un gesto que yo
interpreté de amor, te quedaste dormida.
Al despertar,
como si sospechases algo, me confirmaste que no me querías.
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